Hacia un nuevo modelo económico y empresarial

salome mayo 9, 2014 125 No hay comentarios

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“Ahora bien, todo ejercicio de la libertad natural de unos pocos individuos que pueda poner en peligro la seguridad de toda la sociedad es y debe ser restringido por las leyes de todos los Estados”

Adam Smith

Nos encontramos en un momento encrucijada, en el que el modelo neoliberal que se impuso en la década de los 90 del siglo pasado, que abogaba por la reducción del Estado a su mínima expresión y la opción de los mercados como únicos agentes reguladores de la actividad económica, se tambalea como consecuencia de la crisis financiera y sus posteriores secuelas en la economía real y en el nivel de endeudamiento de los Estados, con los consiguientes niveles de desempleo, desigualdad y exclusión social. El horizonte no se presenta tampoco nada halagüeño desde el punto de vista medioambiental y de la gestión de los recursos naturales, cuyo agotamiento en algunos casos se empieza ya a vislumbrar como una realidad cercana.

¿Qué es lo que está fallando en el actual modelo económico para que nos hayamos visto abocados a una situación de crisis como la actual y para que las perspectivas de sostenibilidad del modelo, desde el punto de vista social y medioambiental, sean tan negativas? Es probable que no exista una respuesta unívoca a esta pregunta. Probablemente sean varios los factores –sociológicos, económicos, políticos, culturales– que expliquen la actual crisis y la falta de sostenibilidad del modelo actual. Pero siendo varios los factores, desde la óptica económica hay uno que se perfila como un factor determinante, y es el excesivo protagonismo que se le ha dado en los últimos tiempos a las reglas del mercado y a la promoción de la competencia feroz entre las empresas como único árbitro garante del bien común. En un contexto de competencia feroz por el mercado, algunas empresas se ven abocadas a tomar decisiones perjudiciales para el interés común, como dejar de invertir en tecnologías y recursos que reduzcan su consumo de energía, comprar materias primas sin garantías de comercio justo, contratar a trabajadores en terceros países sin una protección laboral mínima… sencillamente porque si lo hacen se arriesgan a perder su posición competitiva en el mercado, por el incremento de costes que este tipo de inversiones o decisiones empresariales podrían suponer en el corto plazo.

Por tanto, es necesario reconocer que la aplicación fundamentalista de las reglas del mercado, sin ningún otro criterio que las module, puede dar lugar a largo plazo a situaciones extremas en las que el propio mercado esté en peligro e incluso termine desapareciendo. Así, el modelo actual se ha basado en la premisa de que “o creces, o mueres”. Pero paradójicamente la crisis ha venido a poner de manifiesto que el crecimiento a toda costa podría terminar provocando la muerte del modelo.

De ello se deduce que el desarrollo económico del futuro debe basarse en la consolidación de un modelo económico alternativo al que ha existido hasta ahora, que dé respuesta a los excesos del modelo neoliberal. Pero, ¿cuál debe ser ese modelo? Si el origen de la crisis se explica, entre otros factores, en la aplicación fundamentalista de las reglas del mercado, ¿significa esto que el nuevo modelo debe rechazar las reglas del libre mercado y establecer nuevas fórmulas revolucionarias de organización económica?

La respuesta a esta pregunta es, claramente, no. Hay que seguir fomentando la libre competencia en el mercado como una forma eficiente de repartir los recursos económicos. La competencia hace que las empresas se esfuercen en ser lo más eficientes posible, reduciendo costes para garantizar que los precios sean los más bajos posibles e incrementando la calidad y variedad de productos ofrecidos a los consumidores. Y desde luego que las empresas deben seguir manteniendo como uno de sus objetivos prioritarios la búsqueda de beneficios empresariales, porque dichos beneficios son fuente generadora de riqueza y de empleo.

Sin embargo, el modelo sí debiera incorporar una serie de elementos transformadores que garanticen su sostenibilidad a largo plazo. El desafío está, por tanto, en implantar un nuevo modelo que, basándose en la búsqueda del beneficio empresarial y en las leyes de la oferta y la demanda, integre de forma eficiente junto con estas variables otros objetivos relacionados con parámetros de bienestar social y sostenibilidad medioambiental.

Afrontar este desafío no es fácil. El crecimiento de los beneficios, la eficiencia, el ahorro de costes o el incremento de la producción por un lado, y la satisfacción de los empleados, la gestión responsable, el cuidado del medioambiente o la acción social por otro, son grupos de objetivos que en el actual modelo económico neoliberal se han percibido de facto como objetivos distintos e incluso contradictorios entre sí. Una cosa es hablar de los objetivos empresariales de beneficio, de eficiencia o de crecimiento, y otra cosa es hablar de objetivos de satisfacción en el trabajo, gestión responsable, respeto por el medioambiente o conciencia social. Los primeros se consideran objetivos reales y toda la estrategia de la empresa (comercial, financiera, de recursos humanos, etc.) se diseña para conseguir esos objetivos, y los segundos se consideran accesorios. Así, en la mayoría de las empresas, la dimensión social se encuentra disociada de la dimensión comercial, y el concepto de Responsabilidad Social Corporativa (RSC) constituye un apéndice, una partida más de gasto o de reducción de los beneficios que hay que incluir en el presupuesto.

Pero el hecho de que sea difícil no significa que no sea posible. La clave está en crear un marco normativo sólido, en el que se integren junto con las reglas del Derecho de la Competencia ya existentes, un nuevo conjunto de reglas que fomenten, garanticen y protejan la Acción Responsable de las empresas en el mercado. El objetivo sería, por tanto, lograr la aplicación efectiva, transversal y conjunta, del principio de la libre competencia de las empresas en el mercado y los principios de la Responsabilidad Social Corporativa, creando para ello una nueva rama del Derecho, el Derecho de la Acción Responsable de las empresas en el mercado.

En definitiva, aplicando la teoría de los vasos comunicantes al ámbito del Derecho, se trataría de “mezclar” el Derecho de la Competencia y la Responsabilidad Social Corporativa en un único cuerpo normativo –el Derecho de la Acción Responsable de la empresa en el mercado–, de forma que los objetivos que ambos conceptos persiguen no se valoren y preserven de forma aislada, sino que por el contrario se mezclen y alimenten recíprocamente para dar lugar a un nuevo modelo económico que, junto con el fomento de la competitividad de las empresas en el mercado, preserve también de forma efectiva los derechos sociales y medioambientales de los ciudadanos.

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